Lluvia de garbanzos del ego.
Riegan como canicas la impronta
necedad del torturador.
Camuflándose entre aullidos y ecos
la indolencia marítima del seno
agrieta sin dulzura un involuntario perdón con bulos y renglones que se pierden en el adiós.
Las crueles humanidades que
siembran violaciones en los zapatos
de la doble cara del mundo
dejan huellas sin marcas
para franquear la delgadez
de tu tallo.
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