La soberbia de encerrar el cielo
como un paraíso individual es
el ciego orgullo del constructor que,
se gana el inmerecido cortijo celestial
arriba,
donde el ego no contesta la frecuencia
del hombre mundano
llegan los guetos de los ricos
a inflarse por encima del hombro
arquitectónico,
a rascarle el ombligo al arcángel
depredador.
Negociando el encierro de parcelas
donde la nube se hace nube
en la idiosincrasia del pensamiento
recalifican el inmaterial cielo protector, los surferos del racheado
horizonal donde flamas de hogueras desnudan el esqueleto imberbe del rascacielos.
Allí perecen las palomas con ramas
de olivo en sus picos.
El halcón avaricioso mide su rapiña
indolencia con termómetros de ego.
Reservados todos los derechos©
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