El paisaje no se deja maquillar
no deja que tu cámara lo haga hablar.
Sólo sin color,
la postal duerme realidades de una orilla no navegada
cautiva de pupilas sin mirada
democrática. Un emporio desgarrador que se alimenta de azules, que son grises tendidos como hojas que lloran sus poemas, al viento para secar el dolor y la enmudecida entraña
del país.
Castigada por la desesperación maquillada, esta vez sí, con discursos de bulos que hacen temblar la llama de la vela
con la que nos iluminamos las caras con gestos de prisas.
La pobreza energética araña nuestras espaldas, cicatriza el agua de nuestros gestos ,
esa savia estancada en los rostros son el poso de resignación que las cámaras
velan en su traducción del lenguaje oculto en llanuras para mirlos perseguidos.
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