Nadie compuso pétalos de anís
en la efervescencia taciturna del querer.
Alguien dio su nombre verdadero
cuando en las salas de paritorios
de la policía, te hacían volver a la inocencia, tras un interrogatorio.
Otros eran tirados al profundo azul
medio drogados, sin oportunidad de
desdecirse, o incluso testificar y evidenciar que no sabían nada.
Las triangulares caricias en los
asideros de lágrimas, profundamente
horadaron nidos de pieles y absurda
nostalgia, tan llana que se enredaron
en los cruces de caminos, y quedaron varados sin memoria.
La tortura calibra balas de amnesia.
Pero en los recodos infiltrados clandestinamente en la herida
nosotros no olvidamos.
Reservados todos los derechos©
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