El día era un nervio contraído
en tensión,
casi agazapado como tenazas posibles de romper un cristal de pecera,
la ceguera hacía romperse los estímulos y yo capitulaba
entre el desamor mordido en la yugular y la respuesta manoseada
del contrincante, que hacía ya tiempo esperaba su turno.
El abismo de la sala de espera.
Tallaría dos veces mi barco
aunque mentalmente.
Ya habría naufragado
por los irascibles tendones del suspiro comprendimos por fin.
Que nadie haría daño a nadie.
Sólo los pulsos eran medidores
del desamor. Y ganaba el que era más solitario.
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