Y debemos cortejarnos, más si cabe
en este laúd de soledades, que se piden precoces infundios de llama en párpado llorado , en un anclar de misma música que la que te trae
el viento.
También pensaré salitre dudoso
con la virtud deshojándose
en mi palma de la mano erosionada,
por mi anclaje al puerto donde ya no volvería ningún barco.
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